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Liturgia de las Horas

DE LOS BEATOS FRANCISCO Y JACINTA MARTO  1

Francisco Marto (11.6.19084.4.1919) y Jacinta Marto (11.3.191020.2.1920) nacieron en Aljustrel, aldea de la parroquia de Fátima, en la diócesis de LeiriaFátima. En su familia humilde, aprendieron a conocer y a alabar a Dios y a la Virgen María.

En 1916 vieron tres veces un ángel y en 1917 tuvieron el privilegio de ver seis veces a la Virgen María que les exhortaban a rezar y a hacer penitencia en reparación de los pecados y para alcanzar la conversión de los pecadores y la paz  para el mundo.

En seguida correspondieron con todas sus fuerzas a esas exhortaciones. Inflamados por un ardiente amor hacia el Señor y a las almas, tuvieron una sola aspiración: rezar  y padecer siguiendo la invitación del Ángel y de la Virgen.

Las palabras del Ángel «Consolad a vuestro Dios» impresionaron vivamente a Francisco y orientaron toda su vida.

Jacinta, a su vez,  hizo todos los sacrificios posibles por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María. Tenía también un amor especial al Santo Padre.

En Fátima el día 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II les inscribió en el número de los bienaventurados.

SEGUNDA LECTURA:
De la homilía de Juan Pablo II, en la Misa de la beatificación, el 13 de mayo 2000

Los pequeños privilegiados del Padre

Yo te bendigo, Padre, ( … ) porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Con estas palabras, Jesús alaba los designios del Padre celestial: , Padre, Yo te bendigo pues tal ha sido tu beneplácito. Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, una mujer vestida del sol vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo. Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo. Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente.

Lo que más impresionaba y absorbía al beato Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños. Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

Con su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres; que no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido. Por eso pedía a los pastorcitos: «Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas».

La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como victima por los pecadores. Un día – cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba, a estar en cama – la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: «Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevar-lo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí».

Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores». Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

RESPONSORIO Col. 1, 24; 2 Cor. 4, 10

R. Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo,*en favor de su Cuerpo que es la Iglesia.
V. Siempre y por todas partes llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, *en favor de su Cuerpo que es la Iglesia.
Oración como en Laudes.


LAUDES

ANTÍFONA BENEDICTUS(Ap. 12, 1)

Una señal grandiosa apareció en el Cielo:
una Mujer revestida de sol.

ORACÍON
Dios de infinita bondad,
que amas la inocencia y exaltas a los humildes,
concede que, a imitación de los Bienaventurados Francisco y Jacinta,
te sirvamos con pureza de corazón para poder entrar en el Reino de los Cielos.
Por Nuestro Señor Jesucristo…


VÍSPERAS
ANTÍFONA MAGNIFICAT (Mt. 11, 25)

Bendito seas, Señor del cielo y de la tierra,
porque revelaste a los pequeños los misterios del reino.

Oración como en Laudes. 

1 Traducción no oficial